La frase que transformó al desierto y puede transformar nuestra comunidad.

En la parashá Terumá, relatada en el libro de libro del Shemot, el pueblo de Israel recibe una instrucción sorprendente y profundamente transformadora: “Y harán para Mí un Santuario, y habitaré en medio de ellos”. (Ex. 25:8)  No dice “en él”, sino “en ellos”. Desde el inicio, la Torá nos enseña que el verdadero santuario no es solo una estructura física, sino un espacio espiritual construido dentro de cada persona y, especialmente, dentro de la comunidad.

Terumá ( תְּרוּמָה ) significa “ofrenda” o “elevación”. No se trataba de un impuesto obligatorio, sino de una contribución voluntaria: oro, plata, cobre, telas, madera, aceite… Cada elemento era traído por quienes “lo dieran con el corazón” (Ex.25:2). El Mishkán, el Santuario en el desierto, no nació del poder económico de unos pocos, sino del compromiso colectivo. Cada aporte, grande o pequeño, tenía valor porque representaba el deseo de pertenecer y de construir algo sagrado en conjunto.

Hoy, cuando nuestra comunidad se encuentra en el proyecto de adquirir un terreno para construir su propio templo, la parashá Terumá adquiere una vigencia conmovedora. También nosotros estamos frente a una oportunidad histórica: transformar un espacio físico en un lugar de encuentro con lo trascendente, de estudio, de tefilá, de celebración y de contención comunitaria.

La Torá describe con detalle las medidas del Arca, de la Mesa, de la Menorá. Nada quedaba librado al azar. Esto nos enseña que la espiritualidad no está reñida con la planificación, la organización y la responsabilidad. Construir un templo requiere visión, pero también estructura; requiere inspiración, pero también compromiso concreto. Cada plano, cada reunión, cada aporte económico forma parte de una obra mayor que trasciende generaciones.

Sin embargo, Terumá nos recuerda algo aún más profundo: el santuario solo puede levantarse cuando existe unidad. Los materiales eran distintos, metales preciosos junto a pieles y maderas, pero todos eran indispensables. Así también, en nuestra comunidad conviven distintas edades, historias, profesiones y niveles de observancia. La variedad no es un obstáculo; es precisamente la riqueza que permite que la Presencia Divina repose entre nosotros.

Adquirir un terreno no es solo una operación inmobiliaria. Es una declaración de identidad y de futuro. Es decir: “Estamos aquí para quedarnos. Queremos echar raíces. Queremos que nuestros hijos y nietos tengan un hogar espiritual propio”. Tal como en el desierto, cuando el pueblo aún no había llegado a la tierra prometida pero ya construía un santuario, nosotros también afirmamos nuestra fe en el mañana al comenzar hoy.

La pregunta que Terumá nos plantea no es cuánto podemos dar, sino desde dónde damos. ¿Damos por obligación o por amor? ¿Damos dinero solamente, o también tiempo, ideas, energía, oración? Cada gesto cuenta. Cada palabra de aliento fortalece. Cada compromiso asumido acerca un poco más el momento en que podamos decir: hemos construido un lugar donde la Shejiná habita en medio de nosotros.

Que sepamos inspirarnos en el espíritu de aquella generación en el desierto. Que nuestro proyecto sea no solo la edificación de paredes, sino la construcción de un corazón comunitario más fuerte, más unido y más comprometido. Y que, así como en el desierto la nube divina cubría el Santuario, podamos sentir que nuestros esfuerzos conjuntos abren un espacio donde lo sagrado encuentra morada entre nosotros.

Shavua Tov!


Soy comunitaria de Yovel y profesora de Benei Mitzvah.

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