Por Joab Baetz
La vida de un creyente, a menudo, oscila entre dos fuerzas poderosas: la gracia que se nos da como un regalo, y el esfuerzo que ponemos para ganarnos nuestro camino. Es como si deseáramos las bendiciones de un regalo, pero al mismo tiempo buscamos la dignidad de lo que se ha ganado con el propio sudor.
En el desierto, la Torá (la Ley) fue entregada como un regalo de gracia, sin mérito alguno del
pueblo de Israel. Acababan de ser liberados de Egipto en un acto de redención total y sin costo,
una Y-taruta di-l’ela (un despertar desde arriba). Y fue precisamente por esa entrega sin
esfuerzo que fallaron de forma tan estrepitosa con la construcción del becerro de oro. No
habían «ganado» la Ley; la habían recibido. Por eso, Moisés rompió las primeras tablas. Era un
recordatorio doloroso de la brecha entre el regalo perfecto de Di-s y nuestra imperfecta
humanidad. Luego, vino un segundo momento: Di-s le dijo a Moisés «Pesol Lecha»,(Ex 34:1) que significa «esculpe para ti». El Creador le pidió al hombre que participara en la creación
de las segundas tablas. No como un castigo, sino como una invitación a la dignidad. Este acto
de co-creación es la esencia del camino espiritual: la gracia nos inicia, pero nuestro esfuerzo es
lo que completa el viaje.
Tras los cuarenta días y noches de intercesión de Moisés, él descendió del monte con la
segunda entrega de las tablas de la Ley. Ese día sagrado era Yom Kippur, el Día de la
Expiación. Este no era solo el día del perdón por el becerro, sino también la manifestación de
una nueva relación, una donde el arrepentimiento y el esfuerzo del hombre se unieron con la
misericordia de Di-s para una nueva entrega, una nueva oportunidad.
Solemos ver a Yeshua como el Hijo de Di-s, y lo es. Su nacimiento fue el don más grande que
el Padre nos dio, una Y-taruta di-l’ela (un despertar desde arriba) sin precedentes. Es un regalo
que no merecimos. Pero la vida de Yeshua no solo fue un regalo, sino que también fue una
vida de inmenso esfuerzo. Él, como un hombre, vivió la Y-taruta di-l’tata (un despertar desde
abajo).
Pensemos en sus 40 días en el desierto, ayunando y enfrentando la tentación. Pensemos en
las horas de oración, en el sudor y la sangre en Getsemaní. Yeshua no se limitó a recibir la
Ley; la vivió, la cumplió y la esculpió en su propia carne, mostrando a la humanidad el camino
de la obediencia radical. Él es el ejemplo definitivo de cómo la gracia divina se encarna en el
esfuerzo humano, creando una vida de redención.
“Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz.” Fil 2:8 (LBLA)
La Manifestación de la Gracia y el Esfuerzo en una Sola Vida
La vida de Yeshua Hamashiaj es la perfecta analogía de la dualidad entre el don y el mérito,
que se nos presentó en el desierto.
Su venida fue el regalo más puro, la manifestación de la gracia de Di-s. Pero su vida no se
detuvo allí. Continuó en un esfuerzo constante por cumplir la voluntad del Padre. En su vida
terrenal, Yeshua se convirtió en la encarnación misma de la Ley. No vino a abolirla, sino a
llevarla a su plenitud, a cumplirla hasta el último detalle. Él entregó una nueva Ley, no escrita
en tablas de piedra, sino proclamada en el Sermón del Monte, una ley de amor y pureza de
corazón que nos revela el verdadero propósito de la Ley.
Sin embargo, el pecado del hombre había «roto» la Ley original. La humanidad no podía
cumplirla y merecía la condenación. En este punto, Yeshua también se convirtió en el acto que
«quiebra» la Ley. No la anula, sino que, en su muerte, toma sobre sí nuestra deuda. Su sacrificio
en la cruz es el acto final de Y-taruta di-l’tata (esfuerzo humano) que cumple la Ley por completo, liberándonos de su condenación.
Esta dualidad de gracia y esfuerzo se ve reflejada en el ciclo de las fiestas hebreas. El mes de
Elul es un tiempo de preparación y arrepentimiento, un llamado a la acción. Este es el tiempo
en el que nos preparamos para el juicio de Yom Teruah (Fiesta de las Trompetas), que anuncia
la venida del Reino y el juicio que nos espera. Pero el punto culminante es Yom Kippur (Día de
la Expiación). En la Torah, este día requería sacrificios y un esfuerzo ritual para la expiación de
los pecados. Yeshuah, sin embargo, se convirtió en el cumplimiento perfecto de esta fiesta. Él
no necesitaba que el sacrificio se repitiera, porque con su sangre, expió los pecados de la
humanidad de una vez para siempre.
“Porque no entró mashiaj en un lugar santo hecho por manos, una mera representación del
verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora en la presencia de Dios por
nosotros. . . . Pero ahora, una sola vez en la consumación de los siglos, se ha manifestado
para quitar el pecado por el sacrificio de Sí mismo.” Heb 9:24 y 26 (LBLA)
El acto de Yeshua en la cruz es nuestro Yom Kippur final. Su vida es la prueba de que un
«despertar de abajo» es la respuesta digna al «despertar de arriba». Su vida nos invita a nuestra
propia «Pesol Lecha», a vivir una vida de obediencia, no para ganarnos la salvación, sino para
dar testimonio de la gracia que ya hemos recibido.
“El que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona hallará misericordia.” Prov 28:13 (LBLA)
Que El Señor nos permita aprovechar este tiempo para presentarnos aprobados como
obrero que no tiene nada que temer. Y que continuemos el ejemplo de nuestro Redentor
Yeshua que vino a mostrarnos el camino que debemos andar cada día para llegar a
alcanzar un estatus de esfuerzo y agradecimiento de la gracia que un día nos fue
entregada.
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¡Shavúa Tov!
