Por: Carolina Aguirre
¿Será la crisis del agua solo un desafío climático o también una oportunidad para volver
nuestra mirada al Eterno?
La parashá Ekev (Deuteronomio 7:12–11:25) nos conduce a uno de los temas más profundos de
la relación entre el Eterno y su pueblo: la lluvia. Para una sociedad moderna, donde basta abrir
una llave para obtener agua o encender un interruptor para tener electricidad, es fácil olvidar
que la lluvia sigue siendo uno de los pilares sobre los cuales descansa la vida. Sin embargo, para
todos la lluvia continúa siendo sinónimo de provisión, alimento, estabilidad y esperanza.
El momento en que estudiamos esta parashá tiene un significado especial. Estamos en el año
2026, cuando Colombia se prepara para el inicio de un nuevo gobierno en medio de
importantes desafíos. A este panorama se suma la posibilidad de un fenómeno de El Niño
fuerte, que podría traer menos lluvias, afectar la agricultura, reducir los niveles de los embalses
y aumentar el riesgo de racionamientos de energía y agua en algunas regiones del país. Aunque
nadie puede afirmar con certeza cuál será su intensidad o sus consecuencias, esta posibilidad
nos recuerda cuán dependientes seguimos siendo del agua que desciende del cielo.
No es casual que precisamente en la parashá Ekev la Torá dedique un espacio tan importante a
este tema. Moisés le dice al pueblo:
«Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a
Adonai vuestro Elohim, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, yo
daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, tu vino
y tu aceite.»
(Deuteronomio 11:13-14)
Más adelante añade una seria advertencia:
» Guardaos, pues, que vuestro corazón no se infatúe, y os apartéis y sirváis a dioses ajenos, y os
inclinéis a ellos; y se encienda el furor de Jehová sobre vosotros, y cierre los cielos, y no haya
lluvia, ni la tierra dé su fruto, y perezcáis pronto de la buena tierra que os da Adonai.»
(Deuteronomio 11:16-17)
Estos versículos no presentan la lluvia simplemente como un fenómeno meteorológico. La
presentan como un recordatorio permanente de que la vida depende, en última instancia, del
Creador. Israel no podía controlar las estaciones ni producir la lluvia por sus propios medios. A
diferencia de Egipto, cuyo sistema agrícola descansaba principalmente sobre las crecidas del
Nilo, la Tierra Prometida dependía de las lluvias estacionales enviadas por Dios. Esa
dependencia enseñaba humildad, confianza y obediencia.
La lluvia temprana y la lluvia tardía
La Torá menciona dos lluvias fundamentales: יוֹרֶה (Yoreh), la lluvia temprana, y מַלְקוֹשׁ
(Malkosh), la lluvia tardía. El יוֹרֶה (Yoreh) llegaba al comenzar la temporada de lluvias, generalmente en otoño.
Era la lluvia que ablandaba una tierra endurecida por el verano, permitiendo ararla y sembrarla. Sin ella, el
agricultor difícilmente podía iniciar su trabajo.
El מַלְקוֹשׁ (Malkosh) llegaba meses después, al final del ciclo agrícola, poco antes de la cosecha.
Era la lluvia que fortalecía el grano y permitía que el fruto alcanzara su madurez. Sin ella, gran
parte del esfuerzo del año podía perderse.
Nuestros sabios vieron en estas lluvias mucho más que un calendario agrícola. El Talmud
observa que la palabra יוֹרֶה (Yoreh) comparte su raíz con el verbo hebreo yará, relacionado con
«enseñar». Así, la lluvia temprana no solo prepara la tierra, sino que también nos recuerda que
todo crecimiento comienza con una enseñanza y una preparación. El מַלְקוֹשׁ (Malkosh), por su
parte, representa la culminación, la madurez y la cosecha.
Esta imagen también describe nuestro caminar espiritual. Todos necesitamos un יוֹרֶה (Yoreh):
ese momento en que el Eterno ablanda el corazón, despierta el deseo de buscarle y nos
conduce al arrepentimiento. Pero también necesitamos un מַלְקוֹשׁ (Malkosh): la perseverancia
que forma el carácter, la fidelidad en medio de las pruebas y la madurez que produce fruto.
Muchos comienzan con entusiasmo; pero pocos permanecen hasta ver la cosecha. La bendición
completa incluye ambas lluvias.
Un llamado para nuestro tiempo
En este contexto que vive Colombia en 2026, con el inicio de un nuevo gobierno y la
incertidumbre ante la posibilidad de un fenómeno de El Niño, la parashá Ekev nos recuerda
que, aunque podamos anticipar los riesgos y buscar soluciones humanas, seguimos
dependiendo de la provisión del Señor. La Torá no nos llama al temor, sino a volver nuestro
corazón a Dios, reconociendo nuestra fragilidad y nuestra necesidad del Creador.
Quizá esta sea una de las mayores enseñanzas de Ekev: antes de mirar las nubes, debemos
examinar nuestro corazón; antes de preocuparnos por los embalses, debemos preguntarnos
cómo está nuestra comunión con el Señor; antes de hablar de pronósticos climáticos, debemos
recordar que toda buena dádiva proviene del Padre. La incertidumbre puede convertirse en una
oportunidad para la oración, el arrepentimiento y una renovación espiritual.
Como creyentes en Yeshúa, recordamos sus palabras: «hace salir su sol sobre malos y buenos, y
hace llover sobre justos e injustos» (Mateo 5:45). La lluvia sigue siendo una expresión del amor
y misericordia del Eterno. Oremos por Colombia, por lluvias oportunas, por sabiduría para
quienes tienen la responsabilidad de gobernar, por protección para los agricultores y por
estabilidad para nuestra nación.
Que, al mismo tiempo, el Señor derrame sobre su pueblo una lluvia espiritual: el יוֹרֶה (Yoreh),
que prepara el corazón para recibir su enseñanza, y el מַלְקוֹשׁ (Malkosh), que lleva a la madurez
y a una cosecha abundante de justicia. Porque la lluvia que más necesita una nación no siempre
es la que cae sobre sus campos, sino aquella que el Eterno derrama sobre el corazón de su
pueblo.
¡Shavua Tov!

Soy comunitaria de Yovel y profesora de Benei Mitzvah.
