Por Rocío Delvalle Quevedo

«¿Podría ser el proceso del árbol incircunciso un reflejo de nuestro camino de santificación?»

En la parashá de esta semana, Kedoshim – Santos, el ETERNO da una serie de indicaciones acerca de cómo vivir en santidad, que incluyen algunas sobre los sacrificios, y la relación con el prójimo, entre otros. En medio de esto, también da unas instrucciones muy precisas sobre unos tiempos establecidos para comer los frutos de los árboles plantados cuando el pueblo de Israel entrara en la tierra. A primera vista, quizá plantar un árbol y esperar para comer su fruto, no tenga nada que ver con la santidad. Sin embargo, quizá podamos encontrar de esto un mensaje que nos cambie la perspectiva.

Ser kadosh o apartado, tiene en parte que ver con ser diferente en algunas o muchas características a los demás. El mandamiento dado en levítico 19:23-25 no se aplica a las plantas en general, sino solo a los árboles, y no a todo tipo de árboles. En la traducción que nos ha llegado en español se refiere a cuando siembres toda clase de árboles frutales. Sin embargo, como lo he mencionado en otros artículos, desde la perspectiva de la botánica todos los árboles dentro de las angiospermas dan fruto, aunque muchos de estos frutos no son consumibles por el ser humano. Por ejemplo, el eucalipto o el urapan.

Sin embargo, el ETERNO creador de todo, y de cuyas manos al descubrir y escudriñar su creación surge la ciencia, en el idioma original en que fue dado, el hebreo, dejó aún más explícito el tipo de árboles al que se refería. En hebreo dice “Kol etz maajal” que se puede traducir de forma más precisa como “Todo árbol para alimento”. Es decir, los árboles sobre los que recaía este mandato eran específicamente aquellos que eran sembrados con el objetivo de producir frutas que sirvieran de alimento.

Tengamos en cuenta en este punto lo siguiente: en el mundo de la agricultura, diferentes especies de plantas se han domesticado para ser aprovechadas para alimento. De éstas muchas son herbáceas, de algunas se aprovechan sus hojas, de otras sus raíces y de otras sus frutos. Aunque no soy una agricultora en todo el sentido de la palabra, hace poco tuve una experiencia de intentar una pequeña huerta experimental y me di cuenta de una cosa. Producir hojas (lechuga, espinacas, acelgas) es relativamente más fácil y más rápido; desde el momento que se siembra la semilla hasta que se hace la cosecha, es poco el tiempo que pasa y, guardando las proporciones y excluyendo algunas variables, es relativamente poco el esfuerzo que se requiere. En el siguiente nivel, en mi experiencia personal, se encontraron los llamados tubérculos (p. ej. zanahorias, rábanos). Ya en éstos, no solo es esperar a que crezca la hoja, sino que éstas lleven a cabo de forma eficiente su función fotosintética y que haya una correcta movilidad de los productos de la fotosíntesis dentro de la planta, de tal modo que lleguen a la raíz y la enriquezcan. Para ahí sí hacer la cosecha y aprovechar el producto.

Luego de eso vendrían aquellas especies que son herbáceas que producen fruto (p. ej. tomates, fresas, calabazas). En los dos casos anteriores el producto aprovechable no requería que las flores se formaran en la planta, aunque las especies traían la potencialidad de producir dichas estructuras. De hecho, en algunos casos se debe evitar que la planta llegue al estado de flor, porque esta estructura comienza a competir, por ejemplo, con el tubérculo por las moléculas energéticas y disminuye la calidad del producto. Por el contrario, en especies como la fresa o el tomate, es necesario que además que la semilla germine y crezcan las hojas, se formen otras estructuras como las flores. Y no solo esto, sino que éstas deben ser correctamente polinizadas y fecundadas, los frutos deben comenzar a cargarse y sufrir un sinfín de cambios metabólicos que requieren de muchas condiciones, materia y energía de la planta y su medio, para conseguir el propósito perseguido, los frutos para alimento.

Todos los casos mencionados hasta el momento nos referimos a herbáceas llevadas desde la semilla. Pero les quiero confesar, que en la experiencia que tuve, hubo algo que me costó mucho trabajo y de hecho no logré, llevar un árbol desde la semilla. Pude mantener aquellos que habíamos sembrado ya como plántulas, pero me di cuenta que los árboles, en sus primeras etapas de germinación y establecimiento, requerían muchos más cuidados de los que en ese momento yo les podía brindar. Esto en parte, entendí, está relacionado por unas características de crecimiento individual y poblacional, así como de la fisiología y ecología que diferencia una planta herbácea de un árbol.

Las plantas herbáceas suelen ser de ciclo corto, es decir, que aunque tienen un crecimiento y desarrollo fisiológico muy rápido, normalmente, suelen ser anuales (viven un año), máximo bianuales (viven dos años), y a menudo producen una sola cosecha. Es decir, que prontamente logramos ver “el resultado que buscamos” pero tan pronto lo entrega, en la mayoría de los casos, la planta muere y toca comenzar nuevamente el proceso desde la siembra.

Por el contrario, los árboles, como les contaba, tienen un crecimiento y desarrollo fisiológico, comparativamente hablando, muy lento. Se toman su tiempo para germinar, para sacar la primera hoja, para establecerse. A nivel poblacional, muchas de las semillas no logran germinar, y de las que lo logran muchas no logran establecerse y crecer. Al final, son relativamente pocos los árboles de la población que llegan a adultos. Pero es que los árboles no solo “producen hojas” tienen que desarrollar una raíz mucho más fuerte y gruesa, así como un tronco que tiene que hacerse leñoso, esto implica más gasto energético para los árboles en la construcción de su propio ser, que el requerido por una herbácea. Aparte de todo, en la mayoría de los casos, aunque no todos los árboles frutales son para alimento, en la mayoría de los casos los “árboles para alimento” sí son sus frutas las que son aprovechadas. Osea que después que ha hecho toda la inversión en tronco, raíz y hojas, el árbol tiene que producir flores, lograr atraer a los polinizadores, que sus flores sean polinizadas y fecundadas, para que finalmente cuajen y se llenen sus frutos con la fotosíntesis que está realizando.

Ahora, pensemos por un momento que después de todo el tiempo que ha pasado y la energía que ha invertido, llegamos al mandamiento que encontramos en esta parashá, que ese primer fruto que produjo con todo ese esfuerzo y con la intención de ser consumido para alimento, es considerado incircunciso, no apto y “no será aprovechado”; y así, como dice “durante tres años no comerán su fruto”…

Pero un momento, hay otra característica de los árboles que los diferencian de las hierbas, y es que los árboles suelen ser de ciclo largo, es decir, viven y producen fruto (después de que dan el primero) durante muchos años. Es así, que después de todos los años de incircucisión y la alta inversión energética, el mandamiento dice claramente que el cuarto año todo el fruto se dedica (se consagra, es apartado “Kol priyó kadosh”) en una celebración a Adonai (hilulim laAdonai). Y del quinto año en adelante, no solo ya se podía aprovechar el fruto, sino que el ETERNO promete que, habiendo hecho caso de todas sus instrucciones previas, haría crecer sus frutos y sus cosechas.

Pensemos entonces por un momento, que según la interpretación judía de la Torá y la Tanak, el ETERNO compara al ser humano con los árboles. Y quiero invitar a que todo el proceso que he relatado lo pensemos, considerando el producto aprovechable (las frutas para alimento) como el propósito que el ETERNO tiene para nuestras vidas. Como también lo he dicho en otros momentos, en el momento en que el Altísimo nos aparta como su pueblo, nos hace diferentes. Esto puede implicar, que los procesos en nuestra vida sean mucho más largos, que los de las demás personas que vemos a nuestro alrededor. Que es mucha nuestra inversión tanto material como espiritual, y quisiéramos “ya” ver el fruto del propósito de Di-s cumplido en nuestra vida. Pero quizá debamos entender lo que dice en el salmo 73, vemos que “… los impíos, sin afanarse, aumentan sus riquezas…” pero hasta que entramos en el santuario del Altísimo comprendemos cual “será el destino de los malvados… en un instante serán destruídos…”. Quizá esos impíos son como esas plantas herbáceas que “rápidamente y con poco esfuerzo” muestran y alardean de sus logros, pero que tan pronto eso pasan mueren, o vienen a la ruina, otros toman su lugar y vuelven a comenzar. Quizá nuestro proceso en el Señor, implican inversiones, esfuerzos y tiempos que en algún momento nos llevan a decir: “en verdad ¿de qué me sirve mantener mi corazón limpio y mis manos lavadas en inocencia, si todo el día me golpean y de mañana me castigan?

Pero después de entrar en el Santuario del Eterno y comprender que debemos seguir creciendo, fortaleciendo nuestro tronco y raíces, produciendo flores, comenzar a dar fruto hasta que Él lo establezca, finalmente podremos decir con gozo que el ETERNO es nuestra herencia eterna y que con él podremos cumplir el propósito y dar un fruto abundante, en su tiempo, por mucho más tiempo y que sea de beneficio para quienes fue planeado desde el principio por el gran Agricultor.

Shavua tov!

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Rochi-6_WEB

Soy Bióloga con maestría en Medio Ambiente y Desarrollo de la Universidad Nacional de Colombia. Creyente en el Mesías Yeshúa desde la cuna, miembro activo de la Comunidad Mesiánica Yovel y felizmente casada. El estudio de la Creación del Altísimo ha sido mi pasión, y me deleito en ampliar mi comprensión del texto bíblico desde el conocimiento de las Ciencias Ambientales.

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