El miedo que oprime y el temor que libera

El miedo es una emoción profundamente humana. Todos lo conocemos y todos lo experimentamos, aunque no siempre sabemos qué hacer con él. En la parashat Shemot, que abre el libro de Éxodo, el miedo aparece desde el inicio como una fuerza que mueve decisiones, define relaciones de poder y marca el rumbo de la historia. 

En hebreo, la palabra que se usa con más frecuencia para hablar del miedo o del temor es יָרֵא pronunciado “iaré”, del Strong H3372 y lo interesante es que no distingue entre el miedo que nos asusta y nos paraliza y el temor profundo que nos conecta con lo divino; es la misma palabra para ambos. Esto nos enseña que el problema no es sentir miedo, sino hacia dónde lo dirigimos. 

En la parashat Shemot este contraste se ve con mucha claridad: está el miedo de Egipto, un miedo que nace de la inseguridad y que termina oprimiendo, controlando y haciendo daño para no perder el poder, y está el temor a Dios de las parteras y más adelante de Moisés, un temor que no esclaviza sino que libera, que protege la vida y da el valor necesario para hacer lo correcto incluso cuando hay riesgos.

El miedo de los egipcios no se nombra de forma directa, pero se percibe en cada decisión del faraón. Al ver que el pueblo hebreo crece y se multiplica, su reacción no es la confianza ni el diálogo, sino el control. Ese miedo a perder dominio se convierte en opresión sistemática, trabajo forzado y violencia. Es un miedo que no busca proteger, sino someter. Este mismo patrón se repite hoy en muchas relaciones humanas: cuando una persona, por temor a ser abandonada, opta por controlar, vigilar y limitar a la otra. No es amor lo que impulsa ese comportamiento, sino miedo. Así como Egipto oprimió a Israel para no sentirse amenazado, hay relaciones que se vuelven asfixiantes cuando el miedo gobierna.

En medio de ese escenario aparecen las parteras, mujeres aparentemente pequeñas frente al poder del faraón, pero con mucho valor. El texto dice que ellas “temieron a Dios”. Su temor no las paralizó; al contrario, las impulsó a desobedecer una orden injusta y a proteger la vida. Este temor a Dios no nace del terror, sino de una conciencia profunda de lo que es correcto. Es un temor que libera del miedo al castigo humano y permite actuar con integridad incluso cuando hacerlo implica riesgo personal.

Moisés, por su parte, encarna el miedo en varias de sus formas. Cuando mata al egipcio y tiene miedo y huye. Más adelante, Moisés experimenta otro tipo de temor cuando se encuentra con Eterno en la zarza ardiente y cubre su rostro porque teme mirarlo. Es la conciencia de estar frente a lo sagrado, cuando Dios irrumpe en la historia y en la vida personal. Sin embargo, el miedo más profundo de Moisés aparece cuando Dios le encomienda una misión: volver a Egipto y liberar a su pueblo. Allí el miedo ya no es solo reverente; es un miedo que amenaza con paralizarlo. Moisés duda, se siente incapaz, enumera sus limitaciones y busca excusas. Es el miedo que le dice que él no será capaz, que no podrá, que otros están mejor preparados que él.

Ese miedo es especialmente peligroso porque no nace de una amenaza externa, sino de una lucha interior. Es el miedo que puede impedirnos aceptar una comisión de Dios, no porque Él no esté presente, sino porque dejamos que nuestras inseguridades hablen más fuerte que Su llamado. En ese punto, el miedo deja de proteger y comienza a frenar el propósito.

La parashat Shemot nos invita a mirar nuestros propios miedos con honestidad. Nos recuerda que no todo miedo es malo, pero tampoco todo miedo debe gobernarnos. Hay miedos que nos cuidan y otros que nos encadenan. Hay temores que nos alejan de Dios y otros que, paradójicamente, nos acercan más a Él. El temor a Dios no elimina el miedo humano, pero lo coloca en su lugar correcto, recordándonos que no caminamos solos y que Aquel que llama también da la dirección necesaria para avanzar.

Quizás la pregunta que queda en el aire no es si tenemos miedo, porque todos lo tenemos, sino qué hacemos con él: si lo dejamos gobernar nuestras decisiones, llevándonos a controlar, escondernos o postergar, o si permitimos que ese temor se transforme en confianza en Dios, recordando que cuando Él llama, también acompaña y sostiene en el camino.

¡Shavua Tov!


Soy comunitaria de Yovel y profesora de Benei Mitzvah.

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